jueves, 13 de agosto de 2015

Más grande y más fuerte

Escuche de nuevo esta historia que ya ha leído, que muchos le han contado y cantado.
Jesús termina de orar, baja del monte, llega a la playa, busca la barca donde están sus discípulos. No está en la orilla donde se suponía que lo esperaban. Está muy oscuro, pero busca más. De pronto la ilumina un relámpago y la ve, la barca está en medio del mar azotada por las olas… (Mateo 14:22-33) La palabra que en nuestra Biblia aparece como azotar viene de una palabra griega que significa torturar, dolor, tormento, sacudida. Dice también en la escritura que el viento era contrario, de una palabra griega que significa opuesto, antagónico.



Estaba muy oscuro, la barca se movía a punto de volcar, y los discípulos estaban tan asustados que incluso pensaron ver un fantasma. Eso suena como a nosotros en la pequeña barca de nuestra vida, en la oscuridad, en medio del mar de las pruebas, sacudidos y adoloridos por las cosas que percibimos como opuestas, -o sea todo lo que no se parece a nuestros deseos o planes-. Se parece a nosotros diciéndonos que es imposible, y que no vamos a ninguna parte. 


Ahí en medio de la tormenta Jesús se acercó a sus discípulos y les dijo: ‘Tened ánimo; yo soy, no temáis!’ El viento seguía azotando la barca, el ruido alrededor de ellos era ensordecedor y las olas amenazaban con romper todo en pedazos. Es decir que la tormenta aún no se había detenido cuando Jesús les dijo ‘no teman!’ ¿Pueden ver lo que Jesús esperaba de ellos? Esperaba que confiaran aun cuando la tormenta seguía rugiendo.

Pedro debe haber entendido algo. Se levantó valientemente; por un momento dejó de escuchar lo que pasaba a su alrededor y pensó solo en Jesús. Rápidamente le dijo: ‘Si eres Tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.’ Jesús no dudó en responderle. Solo le dijo: ‘Ven’. No era momento para bromas. Jesús no se lo hubiera dicho si eso no hubiera sido posible para un mortal. Era posible. Pedro lo creyó, y lo hizo. Sus amigos deben haber tratado de detenerlo pero él no vio atrás. No vio a nadie. Bajó de la barca y comenzó a caminar con emoción sobre las turbulentas aguas. Hasta que…

Hasta que comenzamos a poner nuestros ojos en las pruebas y tribulaciones, hasta que llega el dolor de perder a alguien que amamos, hasta que nos atormenta la escasez o aparece la enfermedad, hasta que soplan los fuertes vientos que Dios permite que sacudan nuestra vida. Caminamos sobre esas aguas hasta que decidimos escuchar la tormenta en lugar de la voz de Jesús diciéndonos ‘Ven!’. Entonces, igual que Pedro, nos llenamos de temor y comenzamos a hundirnos en la desesperación y las quejas, en el enojo y la depresión. Perdemos de vista que había una lección que aprender, un tesoro que encontrar en medio de la tormenta. Olvidamos que Jesús sigue allí.

Se imaginan a Pedro empapado y con miedo, pensando que su vida llegaba a su fin? Pensaría que iba a ahogarse en esa tormenta. Se habrá dicho tonto por salir de la barca, y quién sabe qué más. Sí, Pedro le pidió a Jesús que lo hiciera caminar sobre el agua, y debe haber estado seguro de que lo iba a ayudar cuando bajó, pero a lo mejor creía que Jesús iba a calmar el viento antes. O que iba a envolverlo en una burbuja donde ni siquiera iba a mojarse. Ay Pedro!

Todo sucedió tan rápido que probablemente no terminó de entender lo que estaba pasando. Sí fue rápido o se hubiera ahogado, pero igual que nos pasa a nosotros, él debe haber sentido que la prueba duraba una eternidad! Sin embargo tan pronto como clamó: ‘Señor sálvame!’, Jesús extendió hacia él su mano y lo sacó del agua. Por supuesto que también lo regañó por su pequeña fe.

Eso era lo que Jesús estaba esperando, que Pedro clamara. Jesús estaba esperando que Pedro viera que no iba a salvarse solo, pero que Su mano estaba ahí para salvarlo, a Su modo y en Su tiempo. Entonces, cuando ambos estuvieron de regreso en la barca, solo entonces, Jesús mandó a la tormenta que se calmara. 

Y nosotros qué estamos esperando? No mojarnos? Cuán inútil es que esperemos salir de la prueba antes de que Dios lo ordene, antes de haber crecido, de haber aprendido a confiar, a agradecer, a creer en que Su voluntad para nosotros es perfecta. Ese es el propósito de las pruebas, que crezca nuestra paciencia (Santiago 1:3), que crezca nuestra fe (1 Pedro 1:6-7), nuestra gratitud, nuestra confianza en Su soberanía. Dios está esperando que salgamos de esta prueba más grandes, más fuertes. 



Puedo ver mis propios pies entre el agua, puedo sentir el rugido de la tormenta tratando de llenarme de temor, diciéndome que no puedo seguir y que no voy a lograr salir de esto, y también puedo escuchar la voz de Dios diciéndome que tenga fe en Su Plan y en Su tiempo… A quién voy a escuchar?