martes, 16 de septiembre de 2014

Un Infortunado Entusiasta

Cuanto más leía William la Biblia tanto más se convencía de que Dios esperaba que los cristianos propagaran el mensaje del evangelio por todos los pueblos de la tierra; sin embargo, esta no era una idea popular en 1,787. La mayoría de los ministros creía que Jesús había confiado la tarea de predicar el mensaje del evangelio a sus doce discípulos y que cuando ellos murieron, también finalizó su trabajo. Ya no se pedía a nadie que compartiera su fe, especialmente en regiones peligrosas o desconocidas.

- Reverendo, ¿se le ha ocurrido algún tema? - le preguntó el reverendo Ryland.

- Sí, -dijo William, mientras trataba de ordenar sus pensamientos, luego tartamudeó,- me gustaría comentar la idea de que cuando Jesucristo encargó a sus discípulos el mandato de predicar el evangelio hasta el cabo de la tierra, no solo se dirigió a los discípulos que vivían en aquel tiempo, sino también a todos los que habrían de seguirle en el futuro.

El reverendo Ryland lanzó una mirada a William y se aclaró la garganta.

- He aquí un joven que ignora por completo el plan de Dios –dijo con aplomo-. El Todopoderoso no necesita que ningún hombre hable por Él. Él iluminará a los paganos a su manera, cuando lo crea conveniente. No nos corresponde a nosotros interferir en este proceso-. Miró fijamente a William y, señalándole con el dedo para provocar un efecto antes de proseguir, añadió: ‘Eres un infortunado entusiasta’.

Tomado de ‘Un Aventurero Ilustrado’
Por Janet y Geoff Benge

El ‘infortunado entusiasta’ era William Carey, conocido más tarde como ‘El Padre de las Misiones Modernas’. Fue uno de los fundadores de la Sociedad Misionera Bautista. Sirvió durante cuarenta años evangelizando, fundando escuelas, y traduciendo la Biblia al bengalí, al sánscrito y a otros dialectos en la India. Su siembra sigue dando fruto 180 años después de su muerte, Dios lo usó por haber tenido el valor de decir ‘heme aquí, envíame a mí’.

Probablemente hoy nos vemos igual que en 1,700, hemos vuelto a pensar que ya no es necesario compartir a Cristo, pero el llamado de Dios sigue siendo el mismo: ‘¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?’ (Isaías 6:8)